Antes de salir de Buenos Aires, habíamos comprado el ticket "Italy Flexi Railcard", por ocho días, segunda clase y previa validación en cualquier ventanilla de Ferrovie dello Stato, nos permitía viajar libremente por toda la red ferroviaria, sólo debíamos poner en unos casilleros del voucher la fecha del viaje y mostrarlo cada vez que nos fuese requerido.
Así habíamos viajado a Como y a Génova, sin reservas pre
vias y en el horario que mejor nos convino.Y así lo hicimos para ir a Venecia, con la diferencia que ahora llevábamos las dos valijas, que en los translados previos habían quedado en el hotel, ya que fueron salidas de ida y vuelta en el día y nos arreglamos con una mochila cada uno.
Subimos al coche de segunda clase y empezamos a caminar por el pasillo a buscar asientos.
Este tren IC (Intercity) era diferente a los anteriores, los vagones tenían tres o cuatro compartimentos de madera de buena calidad, antiguos pero muy bien conservados, con asientos de a tres enfrentados, tapizados de pana azul, puertas corredizas vidriadas que daban al pasillo lateral y en los extremos del coche, los baños.
Encontramos dos lugares libres, acomodamos las valijas en el estante superior y nos dispusimos a disfrutar del viaje.
El corredor estaba abarrotado, no era época de vacaciones, nunca imaginé que en un día de semana viajara tanta gente con toda clase de equipaje, en un trayecto de larga distancia. En un momento, alguien agitó unas cartulinas frente a nuestras narices, diciendo: -Estos lugares son nuestros!
Menuda sorpresa, nadie nos había avisado que en estos viajes era conveniente tener reserva previa. Salimos al pasillo, como pudimos nos acomodamos con las valijas; descubrimos que algunos viajeros estaban sentados en unos banquitos rebatibles que había debajo de las ventanillas, quedaba uno libre y nos turnamos para descansar, aunque, de tan angosto que era el paso, a cada rato había que levantarse, porque la gente seguía yendo de un lado al otro. Evidentemente, ese día, a todo el mundo se le había ocurrido tomar este tren. Después de pasar siete estaciones, con paradas en algunas de ellas, había mermado el tumulto y al llegar a Verona, se desocuparon dos asientos y pudimos sentarnos. El resto del viaje continuó tranquilamente, al parecer, a partir de allí los que ascendían no tenían reservas, así que nadie más vino a reclamar su puesto. Esto nos enseñó algo: reservar asientos previamente o por lo menos consultar, antes de viajar, si sería necesario hacerlo.
Al salir de la
estación nos encontramos con el Gran Canal, esta vista nos hizo olvidar las peripecias en el tren.Cruzamos por el Ponte degli Scalzi para ir al hotel que estaba, prácticamente enfrente, del otro lado del canal. Éste es uno de los cuatro puentes, con el de la Accademia, el Rialto y el de la Costituzione, que lo atraviesan. (Esta foto fue tomada desde la puerta del hotel y se puede distinguir al fondo el puente, a la izquierda al lado de la iglesia de frente blanco y paredes rosadas, está la estación de trenes).
Nuestro hotel tenía la entrada sobre el Gran Canal, la de
coración era estilo veneciano, por supuesto, con las paredes tapizadas en telas; nuestra habitación era de brocato dorado y las ventanas daban a un pequeño canal lateral. Esta es una vista de la recepción.Salimos rumbo a Piazza San Marco, caminando entre callejuelas no más anchas que nuestros brazos extendidos, cruzando innumerables puentecitos y canales interiores, llegamos a Campo de Polo, donde está el Mercato del Pesce, allí almorzamos en la peschería Vini Da Pinto 1890 (año de su fundación) y luego continuamos nuestro camino por otras callecitas, parecía que nos habíamos perdido hasta que después de girar en un recodo, aparecimos en la plaza.
Me deslum
bró. En la fachada de la Basílica los mosaicos dorados del siglo XIII, resplandecían bajo el sol. Los caballos de bronce, que durante la cuarta cruzada (siglo IV) fueron traídos desde Constantinopla, asomaban en la terraza; son copias, ya que los originales están resguardados para cuidarlos de la polución, en el museo de la basílica; copias también, son los que adornan el Arco de Triunfo de Carrousel en París, ya que Napoleón se había llevado los originales cuando tomó Venecia y debió devolverlos en 1815. El león alado, sobre el campo azul estrellado, símbolo del poder de los Dux y patrono de los artesanos del vidrio, custodia la ciudad.
Nos abrimos paso entre turistas y palomas y entramos a la basílica.
El interior es estilo bizantino, los mosaicos y pavimento en tonos pasteles y con gran profu
sión del dorado; desafortunadamente, no dejaban tomar fotografías aunque fueran sin flash, así que terminamos comprando unas postales que vendían allí, que se convirtió en una constante en todas las iglesias, no sólo hay que pagar para in
gresar sino que también han dispuesto unas librerias-boutiques, donde venden toda clase de souvenirs, postales y libros afines.(En ese momento estaban haciendo la transición de lira a euro, era obligatorio, aunque no aparecía en todos los tickets, que los importes se expresaran en las dos monedas).
Aquí les dejo las postales, no tiene el mismo valor que el de una foto tomada por uno mismo, aunque sea un mal fotógrafo, pero cumplen su cometido. La realidad es que, ni fotos ni postales reemplazan la impresión que queda en el espíritu al ver tanta magnificencia; pintores, escultores y artesanos plasmaron, en estas obras, su arte que perdura inigualable a través de los tiempo
s. Pueden ver una linda página web en www.basilicasanmarco.itLa Pala d´Oro es un retablo que está detrás del altar mayor.
Esmaltes y vidrios policromados, esmeraldas, rubíes, piedras semi preciosas y perlas están engarzadas sobre plata y oro, relatando la vida de San Marco, el retrato del Dogo (o Dux) y
escenas bíblicas.Todo fue traído o costeado con el saqueo de Constantinopla y por las incursiones de los venecianos por todo el Mediterráneo, a su vez Napoleón, desengarzó una gran cantidad de piedras llevándoselas a Francia; luego, fueron devueltas.Bajo el altar mayor (foto de la derecha) está sepultado San Marco, cubierto por un baldaquino de mármol verde y columnas de alabastro con escenas del evangelio.
De vuelta al exterior, teníamos frente a nosotros todo el panorama de la "Piazza". Al fondo el ala Napoleónica, construída por orden de él para cerrar la plaza; a la derecha, La torre de
l "Orologio"que en ese momento estaban restaurando y la "Procuratie Vecchie"; a la izquierda, la Librería Sansoviana en la "Procuratie Nuove", el Campanile y la Librería Marciana. En las galerías se alojan librerías, joyerías, negocios de artículos de vidrio y de encajes y los famosos caffè con las orquestas que animan a los turistas que se sientan a sus mesas ubicadas bajo las arcadas. (Los desprevenidos presten atención, en el precio de la consumisión, ya de por sí sumamente elevado, se incluye un plus sustancioso por la orquesta).Al día siguiente tomamos un "vaporetto" para volver a San Marco. Es un
colectivo acuático; la mayoría de la gente que trabaja en los hoteles y negocios de la isla, no vive allí, vienen todas las mañanas por tren desde Venecia Mestre, y luego toman las líneas que circulan en diferentes direcciones para dirigirse a sus ocupaciones. Así que imaginen, un rato antes de las nueve de la mañana, un panorama no muy diferente del que se puede ver en las estaciones de Retiro, Once o Constitución en Buenos Aires (un hormiguero de personas trepándose a los colectivos o subtes) con la diferencia de que aquí, el marinero va contando los pasajeros y cuando llega a una cantidad determinada, por más apurado que uno esté, cierra la puerta de embarque y te deja en el muelle, a esperar el siguiente.Descendimos en el muelle de la Riva degli Schiavoni, frente al Palacio Ducal, cuyas paredes están decoradas c
on formas de rombos en
mármoles rosados y blancos.En el patio se encuentran dos brocales de bronce del siglo XVI y la hermosa escalera de mármol blanca,
donde se coronaban los dogos, que culmina con las esculturas de Sansovino Los Gigantes, del siglo XV que representan a Marte y Neptuno.
Luego subimos por la Scala d´Oro que conduce a los apartamentos privados de los dogos, con maravillosos estucos dorados decorando el techo, de allí recibe el nombre; en los aposentos se pueden ver pinturas de Tiziano y Tintoretto.

Por último, atravesamos el Puente de los Suspiros que, como dice la leyenda, recibió ese nombre porque era lo que hacían los condenados al recorrerlo rumbo a los calabozos, recorrimos los pasillos de la prisión, cuanto más bajábamos más húmedos y más pequeños, así castigaban a los convictos más peligrosos.
Nuestra siguiente parada fue el Ri
alto, el famoso puente, desde cuyas balaustradas se tiene una vista magnífica del Gran Canal; dentro se alojaban los mercaderes que venían de todo el mundo conocido con sedas, especias, joyas y baratijas. Hacia los laterales también estaban las tiendas de comestibles, quesos, café y los mercados de frutas y verduras y la pesquería.Ahora continúa la tradición, los mercaderes se han convertido en
puestitos de venta de chucherías para turistas, los negocios de comestibles perduran y en los locales están las marcas de más categoría de ropas y joyas y los vendedores de las hermosísimas artesanías en vidrio, con precios inalcanzables para nuestros bolsillos subdesarrollados, aún con el espejismo de ese entonces, el uno a uno.Partimos con los ojos y el espíritu rebosantes de belleza y majestuosidad, acompañados por los sonidos de un concierto de Vivaldi y la promesa de un retorno, para dar un romántico paseo en góndola.
Venecia, la Serenissima Reppublica di San Marco, perdurará en todo su esplendor en nuestra memoria.

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